La vida entre un pueblo y una ciudad [4]

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Seis y cuarto de la mañana.

Por fin es viernes. Hace un día precioso, de vuelta a casa el termómetro de la carretera que cruza Altorricón marcaba 26 grados.

Cuando he llegado a casa como ya había comido, he ido al patio y me he tumbado en la hamaca a tomar el sol y echar una siesta. El gato del vecino me ha venido a visitar varias veces.

He visto que en el pueblo están preparando para esta noche una cena popular en la Plaza Mayor, todavía no hemos decidido si vamos a ir pues Ishmael está muy cansado los viernes por la noche.

Hasta mañana. 🙂

PD: He tomado solo tres cafés con leche.

La vida entre un pueblo y una ciudad [2]

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Seis y cuarto de la mañana.

Ningún obstáculo esta mañana, todo ha funcionado de maravilla.

Siento que el invierno ya está superado, he tenido que ponerme las gafas de sol llegando a Lleida, estos primeros rayos de sol me han llenado de energía.

He tomado mi cuarto café con leche en el bar Nelson, un sitio curioso.

En la oficina ha sido muy divertido porque el futuro jefe tenía que venir a vernos y no se ha presentado, ni llamado diciendo que no podía venir. Esta situación me ha hecho recordar la película Bienvenido Mr. Marshall en la escena que todo el pueblo está esperando la llegada de los americanos.

Chris se ha enfadado conmigo porque según él habíamos quedado para ir al pub y le he dado plantón. Yo no soy consciente de nuestra cita.

Esta tarde he ido con los niños a Tamarite a hacer unos encargos y cuando hemos vuelto me he cambiado de ropa, o sea, me he puesto mi jersey viejo de estar por casa, mis pantalones de algodón manchados de lejía y mis chancletas. Quiero decir con esto que no es la ropa más adecuada para que alguien que no sea muy cercano a mi me vea y por supuesto que no estoy en disposición de salir a la calle. Los que me conocen bien ya saben que significa cambiarme de ropa, es más que ponerme cómoda.

Cuando Chris me ha visto vestida así , pues ya te lo puedes imaginar.

Mañana veré que puedo hacer para arreglar las cosas. 😉

Adiós.

La vida entre un pueblo y una ciudad [3]

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Seis y cuarto de la mañana.

¡Que desastre! no hay butano, no puedo preparar café. Está bien cuando llegue a la universidad compraré uno de la máquina.

Desastre de nuevo, no funciona la máquina de bebidas calientes.

No me gusta empezar el día así, pero pongo buena cara y entro en el aula para asistir a mi curso de Nivel C de catalán durante dos horas.

Por suerte, Marcela la profesora, nos ha dejado salir media hora antes porque empezamos la vacaciones de Semana Santa y hemos ido todos juntos a tomar un café. Soy adicta al café y hoy obligada he tomado tres menos, quizás es el principio de algo…

Como no hay una sin dos y dos sin tres he comprado un boleto de lotería y a ver si me toca.

Hasta mañana 🙂

La vida entre un pueblo y una ciudad [1]

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Seis y cuarto de la mañana.

Me levanto y lo primero que hago es prepararme un café. Me gusta el silencio que hay en la casa.

Tardo cuarenta y cinco minutos en estar lista y arreglada. Salgo de casa y conduzco los 44 Km. hasta mi trabajo. Si no hay niebla me gusta este pequeño viaje. Sobretodo en sentido contrario cuando vuelvo a casa.

Como he llegado demasiado pronto voy al bar del mercado a tomar un café con leche en vaso ¡Ostras! este es el tercero, tomo demasiado café debo moderarme.
Hoy ha sido un día tranquilo los jefes se han marchado a media mañana. Ojalá esto pasara cada día.

Como si fuera una adolescente me ha salido un grano ¡Soy premenopáusica! Voy a ver qué puedo hacer.

Hasta mañana 🙂

Juan y La Silla

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Juan y La Silla – Capítulo 1

– Juan la comida está en la mesa.
– No tengo hambre mama, respondía él.

La madre le llamó varias veces y finalmente Juan salió de su habitación y se sentó en su silla.

– ¡Oh que asco! Esto no me gusta. No quiero comerlo. No me lo comeré, decía Juan.

A Juan no le gustaban las lentejas, que era el plato que había hoy para comer. Era un niño caprichoso que estaba acostumbrado a comer solo lo que le gustaba y que siempre acababa saliéndose con la suya. En ese momento sus padres decidieron que, a partir de ese día, Juan comería todo lo que le pusieran en el plato: legumbres, verduras, pescado, huevos, fruta, yogures y que no se levantaría de la mesa hasta que se lo hubiese comido todo. Juan no se lo tomó en serio, en realidad pensó que sus padres se cansarían de verlo con mala cara y jugueteando con la comida sin intención de comérsela. Un vez más su madre le dijo: Va Juan come las lentejas, son muy buenas y te harán muy, muy fuerte.

– ¡No, no y no! Gritaba él.

De repente notó como algo le apretaba muy fuerte la barriga, tan fuerte que casi no podía respirar. Estaba tan asustado que no se atrevía a decir nada. Oyó que una voz le decía: Sólo te lo diré una vez ¡come!

– No, dijo Juan muy flojito.
– De acuerdo, tu lo has querido.

Solo habían pasado unos segundos, y estaba en el tejado de su casa sentado en su silla. Podía ver las azoteas de las casas del barrio y por la ventana de la cocina de su casa vio a sus padres y a él mismo.

– Estoy soñando, estoy soñando, esto sólo es una pesadilla.
– Deja de gritar y te lo explicaré todo, dijo la voz. Me he pasado mucho tiempo escuchando: “esto no me gusta, esto no lo quiero” y ¿Sabes qué? No aguanto más. Así que no volveremos a casa hasta que decidas que siempre vas a comer lo que tengas en el plato.
– Y ahora me presentaré: soy La Silla.

Juan se quedó con la boca abierta, no tenía palabras. Mientras La Silla le decía: Abróchate el cinturón y cógete fuerte que vamos a despegar.

– ¿Dónde vamos Silla? Preguntó Juan.
– Al país de las lentejas.

Ana Fernández Mora 2007

Last week for the Reyes Magos competition!

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